sábado, 18 de septiembre de 2010

SIEMPRE FUI UNA SOÑADORA

Ya de pequeña fui una niña dramática, me atraía más la soledad o quizás su etiqueta, me sentía más interesante. Siempre fui una soñadora, solía ir en el autobús figurándome que era la protagonista de una peli y me encantaba observar a la gente, cómo gesticulaban, me parecía fascinante intentar adivinar de qué estarían hablando, cuando sentada, miraba tras el cristal a los viandantes. Sin embargo creo que nunca fue más que una etiqueta, algo debí ver en la tele, algo me debió influir tanto, que quise atribuirme ese derecho a ser solitaria, o quizás fue la necesidad de canalizar todo lo que en mi interior bullía y es que aparte de mi vida exterior, tenía una interior que no podía compartir ¿para qué si nadie entendía? Me comunicaba mejor conmigo misma. Mi yo de cara a la gente era patoso, bocazas, sin sentido y aún a veces me ocurre. Pero cuando cerraba la puerta de mi habitación algo mágico ocurría, sobre todo cuando conseguí mi primer aparato de radio ¡ qué buenos ratos he pasado! La noche era mi manto, mi espacio, mi musa, mi momento más deseado, cuando el silencio hacía aparición, cuando no había peligro de que mi hermano invadiera mi intimidad, ni mis padres. En esos momentos me sentía libre, para soñar, para pensar, para llorar, para escribir. Me encantaba encender la linterna, no me dejaban tener la luz encendida después de las 9 de la noche, así que me metía debajo de la sábana y parecía que estaba de acampada, también jugaba a hacer figuras en la pared con las sombras, o encender el globo terraqueo, girarlo y poner el dedo e imaginarme en el país que señalaba...Siempre fui terriblemente soñadora, pero no solitaria.

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