martes, 14 de septiembre de 2010

¡ QUÉ TRISTES SON LAS DESPEDIDAS!

Nunca podré describir con exatitud la tristeza que me embarga cada vez que me despido. Ojalá ese último día de las vacaciones pudiera saltármelo, irme sin decir adiós, sin tener que tragar saliva para empujar ese nudo que se me hace en la garganta y se me instala en el estómago. Volveremos a vernos...Pero qué eterno se me hace ése intervalo, qué de cosas me pierdo. Los niños crecen y los viejitos siguen su camino del dorado otoño sin mi, mi mano amiga sólo puedo ofrecerla por teléfono y eso duele, es duro no estar ahí cuando me necesitan y también cuando llegan esos momentos felices de compartir.

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