lunes, 13 de septiembre de 2010

LO QUE HABÍA TRAS LA PUERTA

La primera vez que me fui de casa no fue precisamente como hubieran deseado mis padres. La verdad, era una adolescente caprichosa, deseosa de nuevas experiencias, y mis padres eran el impedimento personificado. Así que cogí mis ahorros y salí precipitadamente tras los gritos de mi madre a la que a punto estaba de darle una taquicardia. En serio, mi madre sufría, más bien su corazón era el que se descomponía con cada disgusto. Da igual, el caso es que me fui sin pensarlo demasiado y conmigo me llevé mi inocencia. Pareció fácil cerrar la puerta tras de mí escuchando el llanto de mi madre, eso mismo pareció. Ni siquiera quise despedirme de mi padre, se hubiera puesto de guardián y hubiera sido imposible salir por la puerta. En cuanto estuve lo bastante lejos, el sentimiento que me asaltó me dejó perpleja: estaba triste, insatisfecha, sola y decepcionada conmigo misma.

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